Mujeres rurales indígenas

Sembrando una sociedad

justa y equitativa

 

 

Karla Urzúa
Escuela de Sociología
Universidad la República

 

En la actualidad, la noción de pueblos indígenas engloba a todos ellos en una identidad común, conformada por significados culturales compartidos que se han desarrollado bajo contextos históricos, sociales y políticamente específicos. Pero cada pueblo indígena posee diferentes y específicas normas, valores, símbolos y prácticas culturales. Sin embargo, se encuentran unidos por una historia común de dominación, marginalización y luchas reivindicativas que vuelven a reproducirse en la era de la globalización.

La potencialidad que tienen hoy en día  los movimientos indígenas, son fundamentalmente para enriquecer el contenido de las categorías libertad y democracia. Pero también, para transformar las dolorosas condiciones de existencia de los grupos étnicos, dentro de un contexto adverso.

La formación de mujeres rurales e indígenas se ha ido constituyendo como un frente estratégico para la generación de un movimiento social políticamente claro, opuesto al actual mundo competitivo donde el sentido de la vida tiene un valor monetario. Ésta nace primero por un tema de clase, de trabajo colectivo e identidad; y segundo, para poder analizar y mirar la realidad desde el lugar de procedencia y de la comunidad.

Organizaciones de clase, de género, de pueblos indígenas, anticapitalistas, autónomas respecto del Estado y los partidos políticos, o como quieran llamarles, éstas promueven el desarrollo de las mujeres rurales e indígenas en diversas actividades -productoras agrícolas, asalariadas, temporeras, crianceras, artesanas, pescadoras y cultoras de folcklor-,  recogiendo la diversidad de realidades del mundo rural, ya sea desde el punto de vista étnico, laboral, cultural, geográfico o regional.

Hoy en día estas organizaciones se encuentran confrontadas con dos modelos de agricultura: uno de desarrollo rural y otro de producción de alimentos. El dominante es el agroexportador, basado en la lógica neoliberal, en la mercantilización de la tierra, y de las semillas. Este modelo, se guía por el impulso de lucro corporativo y la intensificación de la producción para la exportación. Además, es el responsable de la creciente concentración de tierras, cadenas de producción y distribución de alimentos, en manos de un reducido número de corporaciones.

La asociación de mujeres rurales e indígenas, frente a este panorama de globalización que tiende a reivindicar la economía mercantilista, ha ido avanzando, tanto en términos simbólicos, de recuentros con la identidad, como prácticos. Con el tiempo han ido desarrollando talleres denominados proyectos pilotos. Éstos son básicamente huertos colectivos que se han ido implementando tanto en la octava como tercera región de Chile. Pero son dichos proyectos los que se han visto en  problemas, siendo los mayores inconvenientes su mantención y proyección. De esta manera, se choca directamente con la subsistencia de las mujeres rurales e indígenas, es decir, con la pobreza feminizada que existe en el campo. Sería mejor que frente a cultivar para la subsistencia y para el vender -situación que generará que no cuenten con los recursos para comprar las semillas, debido a la privatización de la alimentación- las mujeres prefieran aportar a la política de producción.

Lo que apuestan está muy en contra de lo que hoy en día está planteando el Estado, que tiende a entregar las soluciones a estas mujeres, pero que no les permiten pensar qué solución quieren. De alguna u otra manera el Estado tiene un objetivo: responder a intereses económicos y no a intereses de los individuos, manteniendo a los sujetos ignorantes de sus derechos. En consecuencia, y bajo esta realidad, muy poco se puede esperar de él.

Estas agrupaciones poseen una participación crítica, constructiva y con propuestas en el debate público, sobre las políticas sociales, culturales y económicas que surgen del poder Ejecutivo o Legislativo. Lo que buscan es promover la implementación de la agricultura orgánica, rechazando las semillas modificadas genéticamente y los alimentos transgénicos. Su perspectiva parte de una alianza latinoamericana que se denomina CLOC (Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo) y Vía Campesina. Son estas organizaciones las que han ido generado un espacio para ayudar a su formación y permitir una visión más amplia de cómo el modelo económico actual les afecta. Es a través de estas alianzas que se va construyendo identidad cultural latinoamericana y una mayor integración regional, valorando el trabajo que desempeñan en sus huertas y en la agricultura, considerando que la huerta representa una forma de resistencia al modelo agrario imperante, con la cual se puede recuperar el derecho de los pueblos para acceder libremente a una alimentación sana y nutritiva.

Es importante destacar que se han desarrollado encuentros regionales y nacionales en las “Campañas de la Semilla”. Se ha generado un intercambio de semillas (trafkquintu), de conocimientos, ideas y culturas, dando paso a que los sureños puedan conocer a los nortinos, permitiendo que se gesten lazos de cariño, fraternidad y que se genere un espacio que pueda hacer público lo que está pasando en las distintas huertas de estas mujeres.

Son este tipo de formaciones la que apuntan al rescate de los saberes campesinos e indígenas, haciendo hincapié en la dimensión de la identificación; contribuyendo a la integración e identidad latinoamericanas debido a su continuo trueque de conocimientos y sabiduría; teniendo como principal objetivo atesorar y difundir la importancia de la semilla, para así amarla y protegerla, en medio de la brutalidad del individualismo y la inconciencia de la sociedad de hoy.

Son estos movimientos sociales de género los que están iniciando un proceso de actuación, destinado a implantar una verdadera democracia de la que no han podido disfrutar hasta el momento. Transitando hacia el paradigma de la "integración", de la población indígena rural, a la Unidad Nacional.

Es importante destacar que este tipo de agrupaciones de mujeres rurales e indígenas poseen su cohesión y fortalecimiento, al hecho de que la manera más simple de conformar una identidad comunal tiene lugar cuando un grupo es amenazado en su propia supervivencia. Por lo tanto, cuando emprenden la acción colectiva, para hacer frente a la amenaza de la privatización alimentaria, los actores sociales se sienten más unidos y buscan imágenes que la vinculen. De esta manera, es esta acción colectiva la que ayuda a alimentar una autoimagen colectiva, y es así como, desligados de los sistemas políticos, los partidos o el Estado, irán reafirmando su identidad étnica y vitalidad cultural.

Lo que hacen es cuestionar el esquema de una nación homogénea, en la cual estos grupos de mujeres rurales indígenas poco a poco podrían dejar de ser una comunidad con identidad propia, para integrarse y asimilarse a la vida nacional como campesinas, dueñas de casa, obreras, etcétera.

 
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