Fracaso de personas o de la sociedad.
Por Samuel Jiménez M.

La industria de la educación tiene un discurso y un hacer que no siempre coinciden. Los dineros que se invierten , la población que actúa en el sistema educacional, las repercusiones que la actividad tiene en todos los ámbitos de la vida de las personas y la sociedad, hace necesario preguntarse respecto de las causas y efectos que tienen sus objetivos declarados y no logrados.
Sostenedores educacionales, créditos, incremento del número de instituciones educacionales, desde simples escuelas hasta universidades, movilizan grandes sumas de dinero que finalmente deben cancelar, con indudable sacrificio, las familias o los mismos estudiantes.
Las seguridades las proporciona el Estado y la población que sigue considerando a los establecimientos educacionales como respetables y dignos de confianza.
La calidad de la educación se puede observar desde el tipo de enseñanza, la metodología con que se entrega, pero es al mismo tiempo necesario, analizar si el discurso de promesas con que “venden” sus servicios se cumple y si no es así quién asume la responsabilidad y su costo económico y emocional.
Es indispensable abrir un gran y valioso dialogo entre la sociedad y los operadores del sistema educacional, establecer entre los sectores privado y público una demanda real, de modo que al estudiante se le garantice de algún modo su incorporación al mundo laboral y se controle, al menos, los altos niveles de cesantía o el verse obligado a trabajar en actividades que no requieren de los conocimientos que fueron parte de su enseñanza.
Las promesas publicas que hace el sistema educacional, especialmente en sus niveles superiores, debieran ser regulados y el “error” de no encontrar trabajo, debiera tener un espacio de responsabilidad para que se retorne a los estudiantes el costo de sus estudios o se asigne una cantidad de dinero equivalente a las colegiaturas para seguir estudiando o para darle valor a la promesa publicitada.
Y es al mismo tiempo posible, que las universidades y centros de estudios en general, a la hora de firmar los contratos de estudios hagan ver que sus carreras son independientes de la demanda laboral y que es responsabilidad del estudiante estudiar simplemente por el agrado de saber.
La cesantía que afecta a la población joven, es sin duda un fracaso del sistema y de modo alguno un fracaso personal. No fracasa el que cree de buena fe en lo que ofrecen y prometen instituciones aparentemente serias y respetables.
De ese diálogo público –privado respecto de la educación podría tener el acuerdo de que en caso alguno se contratará a un egresado del sistema por un valor menor al de sus costos de estudio.
Es necesario abrir una discusión sobre este tema y revisar si el fracaso es de las personas o de la sociedad.
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