DROGA Y SOCIEDAD MODERNA: Por Jaime Reid Tobar* Desde una perspectiva antropológica, resulta difícil aproximarse al tema del consumo de droga sin reconocer el vínculo que existe en distintas tradiciones culturales entre el consumo de alucinógenos y la búsqueda de experiencias místicas, trascendentes o religiosas. De este modo, considérese el conocido chamanismo sirio-cananeo, en el cual el especialista o chamán, a consecuencia de estímulos físicos, ingestión de bebidas alcohólicas o de yerbas alucinógenas, desarrolla trances que lo ponen en contacto con el universo sagrado. También la tradición griega clásica contempla el acercamiento a la divinidad a través de alteraciones en la actividad racional, adquiriendo estados de éxtasis que normalmente son inducidos por estimulantes externos. Del mismo modo, no puede dejar de recordarse la verdadera cultura en torno al consumo de alucinógenos que existió en el mundo americano precolombino, que, orientado por la búsqueda de experiencias sagradas, desarrolló –y aún desarrolla– un profuso cultivo de plantas y vegetales que tenían la propiedad de estimular y alterar los estados de conciencia en busca de trascendencia espiritual; en este sentido, hay evidencias arqueológicas que indican que el vínculo entre estimulante psíquico y hombre sólo en el mundo americano existe a lo menos hace 11 mil años. Pero si volvemos la mirada hacia nuestra cultura, la situación parece caminar definitivamente en otra dirección, puesto que resulta evidente que las personas que actualmente vinculan consumo de droga con trascendencia espiritual representan un porcentaje socialmente irrelevante, estableciéndose las causas del consumo para la inmensa mayoría en otro orden de motivaciones. De ahí que en esta oportunidad me interese hacer algunas reflexiones en torno al vínculo entre droga y cultura moderna, intentando visualizar algunas características que posee nuestra sociedad que permiten que el consumo de droga tenga un espacio cada vez más significativo y preocupante. No debe descartarse que las causas del consumo de droga en muchas personas tengan una motivación estrictamente individual, personal, vinculadas, por ejemplo, a una cierta estructura de personalidad; sin embargo, no es menos cierto que la magnitud del problema en la actualidad lo convierte por sí mismo en una preocupación social, que no sólo se debe revisar desde un punto de vista policial y represivo –que es lo que habitualmente se hace–, sino desde una mirada distinta orientada a percibir si existen condiciones socioculturales que favorezcan o estimulen el consumo de droga a partir de la forma de funcionamiento de la sociedad moderna.
LA MIRADA GLOBAL
La cultura moderna está sujeta a una ambivalencia. Representa el poder de la razón, la capacidad de creación humana y las posibilidades extraordinarias de control y transformación de la naturaleza; pero, a la vez, conlleva una forma de desarrollo que implica alterar permanentemente la convivencia , reduciendo la organización social a un problema de costos y beneficios, además de establecer las bases para la instauración de un mundo impersonal donde se planifica científicamente la explotación humana en el proceso productivo. La lógica económica que se instaura establece un perfil definitivo para esta sociedad; este aspecto determina la identidad esencial de la vida moderna, dado que los nuevos mecanismos económicos que dan nacimiento a la economía capitalista serán determinantes en la organización social y cultural de la nueva sociedad. De este modo, ya se observa que la interdependencia entre las transformaciones económicas y los trastornos en el plano cultural y mental es esperable Este aspecto revela la tendencia obsesiva y permanente al cambio, dado que en el fondo forma parte de la estructura inherente del capital. Desde un punto de vista conceptual, el capital es una realidad por naturaleza competitiva; desde su definición esencial, no es posible entenderlo de otra forma. El capital cobra sentido si y sólo si compite con otros capitales a fin de lograr ventajas en el mercado, y esto es posible fundamentalmente por el mejoramiento al infinito de los métodos de producción con el objeto de disminuir costos y aumentar utilidades. Se trata de una estructura en la que existe un dinamismo –ajeno en otras sociedades y culturas– en que los métodos de producción deben estar en permanente cambio debido a la presión externa incesante del mercado. Esta parece ser una transformación decisiva desde el punto de vista de la salud mental del hombre moderno, puesto que traerá como resultado la tendencia al cambio permanente en todos los ámbitos de la cultura, con evidentes consecuencias psicológicas. No es exagerado, por lo tanto, sostener que en buena medida la vorágine social y espiritual que padece la sociedad moderna, que en algunos momentos bordea el delirio, tiene claramente uno de sus orígenes fundamentales en el ámbito económico. De esta forma, uno de los aspectos antropológicos emblemáticos que surgen desde una visión crítica de la cultura actual se refiere a la gran "transformación axiológica", que en términos prácticos implica la configuración de un relativismo ético que tendrá efectos directos en la orientación de la conducta, validando un comportamiento en el que sobresale la búsqueda del placer centrado en la estimulación corporal y, en general, la instauración de una lógica pragmática e instrumental en que sólo se valora el logro de objetivos, restando toda importancia a los medios utilizados para alcanzarlos . Uno de los aspectos que mejor ejemplifican y simbolizan los cambios valóricos en el hombre moderno se relaciona con la sensación de transformación permanente que invade su entorno existencial. Así, surge una concepción de hombre que conlleva necesariamente la idea de que todo lo que se vincula con la existencia tiene una dimensión efímera y transitoria; de ahí que el hombre mismo adquiera un significado puramente instrumental. La preponderancia de una racionalidad instrumental ha desarrollado una concepción de hombre en la que predomina una mentalidad operativo-funcional, prevaleciendo un razonamiento tecnológico en el que el lenguaje sólo adquiere una función técnica y, por lo tanto, reductora de sentido. Como consecuencia, se reduce dramáticamente el acto de pensar, la reflexión crítica, la meditación trascendente. Algunas de sus consecuencias son evidentes: inconsistencia espiritual y por ende vulnerabilidad psíquica, crisis de valores y un deterioro dramático de la salud mental del hombre del presente. Como se señalara, una de las causas de este fenómeno se debe a una organización económica que se va planificando en función de lo "nuevo", de lo "último", a fin de garantizar niveles más altos de eficiencia y rentabilidad. Sin embargo, un aspecto esencial al querer identificar la concepción de hombre en juego es que esta lógica económica nos podría parecer natural si se mantuviera dentro de su ámbito, pero el punto consiste precisamente en la invasión de este rasgo económico a todas las dimensiones de la existencia, configurando una visión antropológica que tiende a contaminar muchas de las relaciones humanas con una orientación claramente mercantil. Este es un punto fundamental. Como se ve, la relación entre economía y desarrollo existencial del hombre es inevitable. De lo anterior es posible postular que en buena medida la identidad esencial del hombre moderno queda profundamente influenciada por la sobredimensión de los aspectos económicos, de modo tal que este traspaso de mecanismos económicos a la forma de "administrar" la existencia genera una estructura mental con una clara orientación comercial. El propio concepto de lo que el individuo vale en cuanto persona en su sentido más profundo depende de su éxito, de si se puede vender favorablemente en el mercado. Todas sus potencialidades se entienden como su capital y, por lo tanto, su proyecto de vida consistirá en realizar una buena inversión, es decir, sacar "utilidades" de sí mismo. Así, cualquier procedimiento que lo vuelva más “competitivo” frente a la presión y la inestabilidad resulta bienvenido; de ahí que sea posible pensar que en esta circunstancia en cualquier momento la droga se vuelve un estímulo atrayente. El tema axiológico en el análisis de la sociedad actual reviste una importancia capital, desde el momento que se vincula inevitablemente con las opciones de conducta. Sin embargo, es necesario señalar que al intentar comprender el rol de lo ético en la sociedad moderna, debemos considerar una dificultad: la concepción de conocimiento racional imperante, que es una característica decisiva, va asociada a lo experimental, a lo cuantificable, a lo comprobable de modo empírico. Al no cumplir el conocimiento moral con estos requisitos, pierde su condición de racional, objetivo y, por lo tanto, respetable. Esta situación abre las puertas para la instauración del denominado "relativismo ético", en cuanto se niega o se subestima la posibilidad de encontrar criterios racionales y objetivos que permitan dirimir fenómenos valóricos en conflicto. La cultura moderna tardía, expresada a partir de la segunda mitad del siglo xx en Occidente, comienza a consolidar una realidad decisiva para la situación existencial y social del hombre contemporáneo: la moralidad es sólo un problema de gustos, de opciones personales y, por lo tanto, sólo relativa a cada sujeto. Aceptar esta conclusión significa constatar que el gran anhelo de racionalidad que prometía el paso del mundo medieval al moderno no se habría cumplido en el ámbito ético, desde el momento en que se impugna el estatus racional y objetivo del conocimiento moral. Sin duda que esta conclusión cobra sentido bajo la actual concepción de saber racional que la modernidad ha construido, en donde sólo está en juego una racionalidad cuantificable e instrumental. Esto permite explicar el desprecio que en nuestra cultura se produce por el saber orientado al conocimiento del hombre y su subjetividad, en el que obviamente está presente una racionalidad distinta de tipo espiritual. De este modo, ya es tiempo de que la cultura pondere equilibradamente la importancia de los distintos saberes. Hoy se hace urgente valorar disciplinas que contribuyan al conocimiento del hombre y la sociedad, pues los altos índices de perturbación psicológico y espiritual así lo exigen; después de todo, no es un despropósito pensar que muchas de estas alteraciones y vidas vaciadas de sentido puedan derivar fácilmente hacia conductas adictivas.
NUESTRA ALDEAUna interesante acogida han tenido en nuestro país los “Informes de Desarrollo Humano en Chile” preparados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Estos estudios, en buena medida, muestran a nivel local las consecuencias que se producen cuando una cultura sólo se regula a partir de una racionalidad instrumental, utilitaria, descuidando los efectos emocionales y valóricos que estos cambios producen en los individuos. De este modo, la investigación asume que un genuino proceso de desarrollo que propicie conductas sanas y estados mentales equilibrados debe considerar al hombre en un sentido integral, valorando sobre todo la conformación de su subjetividad, entendida como la construcción afectiva que se produce en las personas al participar de la vida social, lo que normalmente se expresa en la configuración de afectos, miedos, motivaciones, inseguridades, certezas, proyectos, desencantos, y en general toda una afectividad desarrollada en la sociabilidad cotidiana, sin la cual sería imposible vivir. Así, en la perspectiva de esta reflexión, estimo que resulta especialmente gráfico el “informe PNUD “ del año 1998, que se aboca a desentrañar la percepción subjetiva que tienen actualmente los chilenos cuando “vivencian” la sociedad. Una de las conclusiones centrales que se sigue del estudio aludido señala que en las últimas décadas se ha generado en Chile un profundo desencuentro entre los logros materiales –alcanzados por algunos sectores dentro de los denominados procesos de modernización– y las sensaciones emocionales y valóricas que estos cambios producen en los individuos concretos. Es decir, se sostiene, en esencia, que iniciativas que teóricamente se habrían concebido con el objeto de proporcionar mayor tranquilidad en el plano socioeconómico, en la práctica han implicado grados crecientes de profunda inseguridad en muchos ámbitos de la existencia social. A juicio del estudio, son tres los temores que sobresalen en el estado anímico y subjetivo de los chilenos de hoy: el miedo al otro, el miedo a la exclusión social y el miedo al sin sentido de la vida. Todos de una u otra forma remiten a un principio elemental que a veces se suele olvidar: no hay desarrollo al margen de las personas. Estas tres preocupaciones dan cuenta de un momento psicosocial de nuestra cultura, ofrecen una radiografía anímica y existencial de la sociedad, de modo que no sería desmedido pensar que tanto el consumo como el tráfico de droga pudieran verse incrementados a partir de este escenario. Así, el primer aspecto mencionado se vincula de manera directa con instancias de vulnerabilidad social. El miedo al otro alude directamente al tema de la delincuencia, a la sensación creciente de ver en todas partes potenciales agresores. De este modo, delincuencia y droga se conectan al constatar que muchos delincuentes, al momento de cometer un delito, se encuentran bajo los efectos de psicoactivos, como también por la utilización de redes delictuales en el trafico y distribución de droga en diversos sectores sociales. La segunda preocupación mencionada, rotulada como el “miedo a la exclusión económica y social”, refleja un balance pesimista respecto a las posibilidades objetivas de alcanzar niveles satisfactorios de vida y seguridad social. Se institucionaliza la percepción de que las estructuras de poder ofrecen posibilidades mínimas e irrelevantes de variación , limitándose severamente las oportunidades de los que no son favorecidos por el sistema. De este modo, el temor a la exclusión se vincula de forma directa con las posibilidades económicas de cada cual. Aparece de manera frontal la noción de una cultura cruelmente mercantilizada, en donde, en general, la calidad de los servicios y las posibles oportunidades dependerán de los recursos con que se cuente. La distribución de los ingresos entre los chilenos es una de las formas objetivas y estructurales de comprender la sensación de malestar y discriminación económica que se percibe. Según el Instituto Nacional de Estadística, el 58.1% de los pobres y capas medias bajas de la población recibe el 21.5% de los ingresos; el 27.2% de las capas medias, el 24.9%, y el 14.9% de los ricos y capas medias altas percibe el 54.6% de los ingresos2, situación que sin duda tiene efectos en la configuración psicosocial de nuestra cultura , tanto desde un punto de vista ético como emocional. Es muy probable que una sociedad que se estructura de manera tan desigual estimule, a lo menos, dos efectos claros en relación al tema de la droga. Primero, no se puede descartar que en los sectores socialmente marginados, en donde la realidad muchas veces parece cerrar todas las puertas, el consumo de droga sigue cumpliendo la tradicional función de evasión, de escapar mentalmente de un entorno que a ratos se vuelve intolerable. Segundo, también resulta lógico pensar que en ambientes socioeconómicos deprimidos y en los cuales las posibilidades de desarrollo son siempre escasas, es altamente probable que el tráfico de droga, tanto a gran escala como a nivel de microtráfico, se instale simplemente como una forma de “trabajo” o medio de subsistencia. Después de todo, ¿ofrece actualmente la sociedad una imagen clara y certera de rectitud moral que inhiba o bloquee conductas reñidas con una convivencia sana? ¿Está la sociedad en condiciones de hacer reparos morales responsables a aquellos que han decidido obtener dinero de cualquier forma? ¿No estará operando una vez más la mencionada racionalidad utilitaria en donde sólo importan los fines y se desestiman los medios? El último temor consignado en el estudio, presentado como “el miedo al sin sentido de la vida”, aparece como una preocupación aparentemente más abstracta, más “psicológica” que “social”. Sin embargo, ésta es una preocupación capital desde un punto de vista antropológico, puesto que es posible pensar que uno de los criterios que establecen la consistencia moral y social de una cultura es la claridad en sus propósitos, en la dirección de su proyecto como comunidad humana. El temor al “sin sentido de la vida” claramente impugna este objetivo, tiende a confirmar la mentada “crisis de sentido” de nuestra sociedad, tantas veces mencionada. Así, se piensa que actualmente el gran “sentido” que tiene la existencia para amplios sectores de la población se resuelve en torno a la búsqueda de dos aspiraciones concretas : poder y placer. De este modo, me parece particularmente vinculante el encuentro entre droga y placer, dado que nuestra cultura ha desarrollado un hedonismo básicamente centrado en el cuerpo, una noción de placer inmediato que ve en lo corpóreo la única posibilidad de realización. En este contexto , sin duda la droga surge como un agente directo en la adquisición del placer, se convierte en la “vía química” para dar sentido a la existencia. La noción de placer que actualmente impera está regulada por una lógica pragmática: sólo importa el placer factible y rápidamente alcanzable. De ahí que el cuerpo, nuestra realidad física, se transforme en una clara unidad de medida. Actualmente el placer no se vincula con aspectos abstractos, sublimes, utópicos o intelectuales; el placer actual tiene una obsesión práctica. Por eso la política, quizás, ya no seduce en tanto vivencia utópica, en cuanto proposición de principios y valores que se orienten a cambiar el mundo, a modificar la realidad. Hoy, por el contrario, el sentido del placer que opera en nuestra cultura se acomoda a una sensación de seguridad que se obtiene, paradójicamente, desvinculándose de la realidad y no interviniendo en ella. Para este efecto la droga se ajusta de manera ideal: ofrece “placer” en el aislamiento, proporciona “seguridad” desvinculando. La concepción de placer inmediato y corpóreo que actualmente existe se ve reforzada por la temprana incidencia que tienen los procesos de socialización en nuestra cultura, puesto que el excesivo protagonismo, por ejemplo, que han adquirido los medios de comunicación en los procesos de desarrollo tiende a anular el rol formativo de los padres y, con ello, disminuir la posibilidad de adquirir una vida interior profunda y crítica, que normalmente se consigue en la experiencia familiar, tanto en el plano de las afectividades compartidas como en la experiencia del conflicto, siempre necesaria para el logro de una identidad sólida. Hoy, sin embargo, resulta habitual observar personas con una interioridad “plana”, sin rebeldías ni fantasías, únicamente atentas a las verdades reveladas que establece un mercado totalitario en la oferta de formas de vida y conductas posibles. Actualmente se observan procesos de socialización en que la lógica formativa sólo se vuelca a la exterioridad, convirtiendo al individuo en portador de una subjetividad vacía, moralmente inconsistente, preocupado de imágenes y apariencias, en donde, obviamente, aumentan las probabilidades de quedar a merced de impulsos irracionales y eventuales manipulaciones. En este contexto no hay grandes obstáculos para el consumo de droga; por el contrario, para la concepción de hombre en juego en nuestra cultura, la droga puede resultar atrayente, esperable y en muchos casos necesaria.
CONCLUSIONESNo cabe duda de que el tema de la droga en nuestra sociedad reviste una gran complejidad. Posee infinidad de aristas y análisis posibles. Sin embargo, llama la atención que el discurso frente a la droga que normalmente se escucha, de manera reiterada se oriente a situarla exclusivamente en un contexto médico-policial, dando a entender que la adicción a las drogas corresponde siempre a conductas patológicas aisladas, en donde la forma de funcionamiento de la sociedad carece de toda responsabilidad. La intención de esta reflexión no ha sido buscar soluciones al problema del consumo y tráfico de drogas en nuestra sociedad. La motivación básica ha consistido en abrir una perspectiva de análisis que se oriente a determinar posibles causas de esta adicción, en un contexto de reflexión abierta, en que se estima fundamental revisar de manera crítica el funcionamiento de algunos aspectos de nuestra cultura que eventualmente pudieran estimular el consumo y tráfico de droga. Es comprensible que las instituciones encargadas de enfrentar el tema de la droga operen bajo una lógica pragmática, orientadas a buscar soluciones rápidas y no ejercicios teóricos; sin embargo, un mínimo de rigor científico indica que resulta muy sospechoso que el análisis habitualmente se ubique en el plano de los efectos y no en el de las causas; en el contexto de acuciosas descripciones estadísticas del consumo más que en la interpretación causal de los hábitos adictivos. En un intento por resumir lo aquí planteado, creo que se está en condiciones de afirmar que el auge de la droga en nuestra cultura se sostiene esencialmente a partir de un aspecto psicológico y otro comercial. En relación al primero, se puede sostener que nuestra sociedad, considerando su forma de funcionamiento, genera niveles de perturbación que favorecen el uso de psicoactivos. Este aspecto psicológico produce una demanda que convierte a la droga en un buen negocio, en el sentido de que se produce una clientela cautiva en torno a una mercancía que goza de beneficios especiales: no paga impuestos, tiene bajos costos de producción y genera niveles de utilidad sin precedentes. Como se observa, lo psicológico y lo comercial establecen una dependencia mutua, en el entendido de que existe oferta porque hay demanda, se pasa así de la droga a la drogadicción, la droga se convierte en un buen negocio porque existe la necesidad psicosocial de consumirla. Tal vez las circunstancias que favorecen el consumo de droga en la sociedad actual revelen signos de decadencia, pero lo cierto es que la relevancia de un tema como éste nos indica que es la cultura en su conjunto la que está comprometida, pues ya no se trata de minorías que tengan una incidencia marginal en la sociedad. Hoy, ya sea por razones familiares, sociales o ciudadanas, todos nos encontramos involucrados, y por ello se confirma que un tema de tanto impacto social requiere de aproximaciones científicas, exige perspectivas de análisis objetivas orientadas a develar y no a ocultar, situando al hombre en el centro del desarrollo. La antropología nos enseña que el consumo de droga en muchas culturas siempre se dio en un contexto de encuentro con lo sagrado; nuestra cultura, en cambio, se ha vaciado de sacralidad, regulándose por una lógica profana en que el consumo de droga no pasa de ser una experiencia enajenante y desesperada.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS - Informe de Desarrollo Humano en Chile. Ed.Trineo, Chile, 1998.
* Antropólogo. Magister en Filosofía Política. |
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